Queridos amigos:

Por más que me encanta viajar, y aunque es uno de los valores más importantes en mi vida, también he aprendido que disfruto muchísimo volver a casa. Extraño mis rutinas de la mañana, la tranquilidad de mi propio espacio y esas pequeñas cosas que hacen que un lugar se sienta verdaderamente como hogar. Y cada viaje me recuerda que aquí, donde vivimos, también tenemos nuestro propio pedacito de paraíso.

Este verano, España ocupó un lugar muy especial en mi corazón. Mi mamá es de Pamplona y mis tres mejores amigos son españoles o viven allá, así que la comida me resultaba familiar, el idioma era el nuestro y estar rodeada de familia y amigos fue, sin duda, la cereza del pastel.

Pero más allá de los lugares que visitamos y de las personas con las que compartimos, hubo algo que me traje de regreso y que sigue dando vueltas en mi cabeza: el ritmo de vida. En España, una comida puede durar horas. Se comparte entre tapas, una copa de vino, historias y muchas risas. Los españoles no viven para trabajar; trabajan para disfrutar la vida. Incluso conocimos conductores de Uber que se toman un mes completo de vacaciones cada año, y eran personas realmente felices.

Entre dirigir un negocio y criar a mis dos hijas, pocas veces me permito bajar el ritmo. Este viaje me recordó que no quiero que la vida pase de largo mientras estoy demasiado ocupada. Así que ese es mi deseo para ti este mes: regálate una comida larga, sin prisas. Una conversación de verdad. Un momento en el que no estés pensando en lo siguiente que tienes que hacer.

Y, como sucede en casi todos los viajes, también tuvimos uno que otro imprevisto.

Mis dos hijas se enfermaron: una en Florencia y la otra en París. Eso me permitió conocer de primera mano lo diferente que puede ser el sistema de salud fuera de Estados Unidos.

En Florencia, el médico fue hasta donde estábamos. En París, entramos a un centro de atención de urgencias a las ocho de la noche y nos atendieron casi de inmediato, con una paciencia y una amabilidad increíbles, a pesar de que apenas hablábamos el idioma.

Esa experiencia me dejó pensando mucho. Cuando uno no entiende cómo funciona un sistema, todo parece más complicado de lo que realmente es. Y no pude evitar pensar en nuestros clientes y en los médicos que tantas veces nos cuentan lo difícil que puede ser navegar el sistema de salud aquí en Estados Unidos. Precisamente por eso existe West Compass. Nuestro trabajo es ayudarte a entender lo que parece complicado y acompañarte cuando no sabes cuál es el siguiente paso.

Esa sensación de estar en un lugar desconocido me recordó otro momento del viaje.

Estábamos en Roma intentando encontrar el andén correcto para tomar nuestro tren. No hablábamos el idioma y nadie se detenía a ayudarnos. Mientras estábamos ahí, un poco perdidos, pensé: esto debe sentirse muy parecido a tratar de entender un seguro de salud por tu cuenta.

Si alguna vez te has sentido así al abrir una carta de tu plan, al recibir una factura que no entiendes o al pasar largos minutos esperando una respuesta, quiero que recuerdes algo: no estás solo y no tienes que resolverlo todo por tu cuenta.

Al final, este viaje me dejó mucho más que fotografías bonitas y recuerdos inolvidables. Me recordó por qué hacemos lo que hacemos.

Regresé a casa agradecida. Agradecida por los momentos compartidos con mi familia, por las personas que encontré en el camino y por el privilegio de poder ayudarte a encontrar el rumbo dentro de un sistema que muchas veces está lejos de ser sencillo.

Y antes de terminar, hay algo que me encantaría saber.

¿Cuál ha sido el viaje más memorable que has hecho? Respóndeme este correo y cuéntamelo. De verdad leo cada respuesta.

Con cariño,

~ Cindy